Si tú no vas a la montaña...

¿Cuántas veces lo había escuchado antes? No estaba seguro, tal vez cientos o miles, a saber. Lo que sí estaba segurísimo de saber, es que nunca creyó que aquello fuese a suceder. Y, sin embargo, ahí estaba... 

Pero que contrariedad. Esa sí que era una mañana inesperada. Llevaba un rato de pie, estático ante la visión delante suyo. Incapaz de poder pensar en algo más que ello, aunque sin tener alguna idea concreta de verdad. 

Y bien, saliendo de su estupefacción, se preguntó a sí mismo ¿Ahora qué? 

Suspiró, el vaho de su aliento hizo una discreta nube frente a su boca. Miró a los lados, para comprobar que aún no había llegado nadie más. Aunque de seguro no tardarían en aparecer sus vecinos, aunque viviesen lejos, estaba seguro que desde sus casas, incluso desde las casas de los vecinos de sus vecinos,  aquello era visible. No estaba seguro de si aquello era una bendición o una maldición, lo más seguro es que sus vecinos, y toda la demás gente de la región, estuviese muy molesto con él. Pero no era algo que pudiese esconder, así que se resignó a esperar las visitas y las quejas. 

Dio media vuelta y caminó de regreso a su casa. Hizo el desayuno, y luego preparó su equipo de alpinismo. Iba a salir, pero se detuvo a escribir antes una carta a su hermana. Ella vivía en un profundo valle, lejos de ahí. Y él siempre le había dicho que algún día iría a escalar aquellos famosos riscos. "Ya será algún día hermanita, te iré a ver y a trepar esas cimas". A su vez ella le respondía, en broma, "Ay hermanito, creo que primero irá la montaña a ti, que tú a ella". 

No, él nunca lo creyó posible, aunque cientos de veces la gente se lo hubiese dicho. Jamás lo tomó en serio. En cambio, inesperadamente, sin motivo o aviso alguno, la montaña ya estaba ahí, a unos cientos de metros de su casa. Había aparecido sin hacer el menor ruido o movimiento de tierra alguno, solo había aparecido de la noche a la mañana. Y de ello le escribió a su hermana. Acabando tomó la cámara fotográfica y la agregó a su equipo. 

Salió de casa de nuevo, observó que aún no había señales de sus vecinos o cualquier otro curioso. Así que emprendió su camino, tomando varias fotografías del imponente pico delante de él, que lucía despampanante entre los claros y difusos rayos primerizos del Sol. Llegó a las faldas del mismo solo para comprobar que parecía estar ahí desde siempre, pues no había muestra alguna de alteraciones en la tierra circundante, aunque ya estando ahí apenas si podía ver unos cuantos metros de la anchísima base. 

Recorrió un poco antes de encontrar una posible ruta de ascenso. Luego comenzó la escalada, con cuidado, haciendo todas las precauciones. Si bien llevaba mucho tiempo sin haberlo hecho, sus muchos años de alpinista nadie se los quitaba, la experiencia y sus conocimientos lo llevaron sin problemas a un primer descanso casi a media montaña. Con todo, sus años ya no eran los de un joven, así que estaba agotadísimo. Apenas estar en la amplia saliente, y seguro de su firmeza, se tendió sobre ella. Una vez recuperado su aliento se hizo de la cantimplora y bebió un largo trago de agua. 

Y así, por último pudo ponerse en pie para observar la vista. Ya no era la fresca mañana, sino claramente pasaba del medio día, y el paisaje era increíblemente hermoso. Jamás había visto sus terrenos desde aquella altura, por obvias razones, así que gastó algunas de las últimas fotografías en aquella vista. Y luego se dio cuenta, gracias a unos binoculares, que ya llegaba una larga caravana compuesta por sus vecinos, claro, y una variopinta comitiva de desconocidos. 

Le restó importancia, y analizó la posibilidad de llegar a la cima. Aún no se había lastimado, y el ascenso había sido relativamente fácil, de ser veinte años más joven, lo hubiese hecho en la mitad del tiempo. Solo por eso se debatía entre descender, y esperar a los vecinos, o terminar de subir. Repasó el camino una y otra vez, hasta que decidió seguir. Algo le decía que aquella variopinta comitiva incluía de seguro a algún reportero, aún así fuese el más simplón, le valía para que de inmediato elaborase la nota de su ascenso, y así documentarla y registrarla oficialmente antes que nadie. En él estaba esa llama ambiciosa del joven alpinista que alguna vez fue, eso fue suficiente para motivarlo. Hizo unos estiramientos y dejó preparadas medidas de seguridad por cualquier cosa, y continuó su ascenso. 

Los vecinos, con sus automóviles y las camionetas de varios noticieros, la policía, bomberos y muchas otras cosas más al fin habían alcanzado la falda de la montaña, y él iba a menos de la mitad del segundo ascenso, era lento por seguridad, pero mientras abajo todo era caos por el inesperado suceso, y un discreto grupo de rescatistas emprendieron el ascenso por la misma línea que había dejado él. Llegando en poco tiempo al primer descanso, donde él les había dejado una nota, explicando que buscaba tener el primer ascenso solo, pero que agradecía si le cuidaban de cualquier eventualidad propia de ese tipo de escaladas. 

Con más confianza que antes aumentó la velocidad para mantener su ventaja en caso de que alguien decidiera subir tras él. Y así, logró alcanzar la cima varias horas después. Casi desfalleciendo, pretendía instalar una banderilla. 

Se deslizó por la nieve helada, ya el atardecer era más bien oscuro, así que no fue consciente de los muchos banderines ahí clavados, si no hasta que palpó algunos y alzó la vista. Una luz intensa le cegó temporalmente. Luego vino el ruido, las voces, y un helicóptero. Derrotado de aquella forma en su ilusión, desfalleció y los rescatistas le auxiliaron. 

Despertó un día después, en la cama de un hospital, con su hermana sollozando sobre su pecho, orando por la pronta recuperación del alpinista. 

Le costó recordar todo con claridad antes de poder hacer algún ruido o movimiento, que de inmediato fue captado por ella, llenándose de jubilo de inmediato. Llamando a los médicos y enfermeras. 

Luego de ser revisado, y encontrándolo sano, algo deshidratado y confuso, pero con buen pronóstico de recuperarse, le fue explicado, en parte aquel extraño suceso. 

No había tenido el privilegio de ser el primero en subir aquella cima, eso era cierto, pero sí el primero en escalar tan rápido el famoso, y peligroso, K2, que aquella mañana había desaparecido sin motivo alguno, del intricado Himalaya. 

Aquella ruta era inaccesible en estado natural, pero, en cambio, desde su terreno era la vía perfecta. 

Ahora el mundo se debatía, entre darle o no el mérito. Y en explicar cómo y por qué había sido movida semejante peñasco de su lugar, a tantísimos kilómetros de distancia, y sin hacer el menor estrago en la tierra, ni un pequeño movimiento o el mínimo ruido. 

En cambio, su hermana, con una sonrisa y los ojos llorosos, le decía -¿Te acuerdas? Tú lo prometiste. Eras joven, y el K2 fue tu primera ambición. Te querías comer al mundo, pero fallaste, no pudiste llegar más allá de la mitad. Y juraste que volverías, le prometiste que lo escalarías hasta la cumbre. Pero la verdad es que nunca volviste...  

En la pequeña mesita junto a su cama, habían enmarcado una fotografía de su banderilla, aunque él no lograba recordarlo, por el shock, la fotografía lo ponía, agotado, pero aferrado al banderín. 

Única prueba fiel de todo aquello, ya que unos días después el K2 regresó a su posición habitual, tan  silencioso como se había ido. 

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